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Gebta: Aviación ejecutiva. Volver a amar el avión

4/08/2014
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Quizás ahora nos parezca increíble pero, no hace mucho, los aeropuertos eran lugares llenos de glamour y ambiente selecto donde todo estaba pensado para la comodidad de quienes se disponían a viajar. Los aviones eran algo más ruidosos y contaminantes, pero representaban un reducto de buenas maneras y elegancia.

Pero la cosa cambió hace unos años y alguien en Bruselas o en cualquier otro centro de poder nos convenció de que ese no era el modelo apropiado. Que los cielos no debían clasificarse en “privilegiados” y “turistas”, sino que debían estar mucho, muchísimo más poblados.

 Y se masificaron algunos aeropuertos y se inventaron otros, y los fabricantes de aviones detectaron el filón y pusieron en marcha una campaña más propia del mundo del automóvil que lo que hasta ahora se había practicado en la industria aérea, en una locura de renovaciones de flota en la búsqueda de la eficiencia en el consumo de combustible y el descenso de los ruidos.

Aparecieron las “low cost que aniquilaron a las “charter” y arrinconaron al resto al captar los pasajeros de unas y de otras con tarifas irreales que hacen que hagas un vuelo de 3 horas por la mitad del precio del taxi que te lleva a ese aeropuerto o el precio del parking en donde tu vehículo espera mientras viajas.

Y los aeropuertos perdieron todo el glamour, se convirtieron en hormigueros de gente empujando carritos por terminales inmensas que zigzaguean entre las tiendas hábilmente colocadas por los gestores aeroportuarios. Y más tarde nos pusieron reglas, normativas y controles de todo tipo en donde perdemos nuestro valioso tiempo y, lo que es peor, la ilusión por el viaje y el buen humor.

 Y llegamos a un avión que efectivamente es más moderno y eficiente, pero claramente más incómodo e impersonal, en donde nos atienden con poca paciencia.

Y me pregunto, ¿soy el único que piensa que cada vez da más pereza viajar en avión? ¿Solo yo creo que el avión se ha convertido en el medio de transporte más incómodo? ¿Me equivoco al pensar que hemos perdido gran parte del confort a cambio de un precio exageradamente bajo que pone en peligro la continuidad de las rutas, frecuencias o, incluso, la viabilidad de las aerolíneas?

Por suerte, quedan opciones que escapan a todo esto. El mundo de la aviación privada es un universo en donde las ventajas son evidentes, donde el servicio y los deseos del pasajero son aún lo más importante. En donde el horario de tu vuelo no está condicionado por la tarifa, sino por tu propia agenda, y el aeropuerto que utilizas es el más conveniente y no aquel que ofrece una subvención para mayor gloria de su padrino político.

Fletar un vuelo privado hoy en día ha dejado de ser un capricho para convertirse en una solución asequible para los pasajeros de negocios que vuelan frecuentemente y que viajan en las injustificadamente llamadas clases “Business”, sufriendo trámites y conexiones que malgastan su tiempo mucho más de lo que el cacareado ahorro de la tarifa pueda suponer.

Es disfrutando de un avión privado cuando aún podemos protagonizar nuestro viaje y optimizar nuestro tiempo. Parece la única opción para volver a disfrutar de un viaje de trabajo y donde el coste queda plenamente justificado por un servicio que sortea todas las incomodidades que el sector nos ha impuesto a través de los años.